LECTURA IMPRESCINDIBLE

2 Abr

via Perogrullo by Perogrullo on 4/2/09

Jorge Ibeas era periodista en Canal Bizkaia, y ha sido despedido por una falta grave consistente en criticar duramente en su programa a los directivos de su propia empresa. Especializado en información económica, Ibeas puso como ejemplo de mala gestión decisiones de su compañía con las que discrepaba (el despido de varios trabajadores), e inmediatamente fue represaliado; la discusión en los foros de la Red se ha centrado en si ha merecido la pena o no el sacrificio, y en su dotación genital. Pero ésa no es la cuestión, que va mas allá de si un gestor tiene o no derecho (legal y moral) a despedir a un trabajador que le critica en público o el tamaño de sus gónadas. Lo que le ha ocurrido a Jorge Ibeas ilustra uno de los puntos clave en los que la profesión periodística es diferente de otras profesiones, y uno de los errores básicos que están llevando al periodismo profesional a su tumba. Los medios no son como otras empresas, los periodistas no son como otros trabajadores, y la buena gestión de los medios tiene que reconocer estas singularidades. Una parte sustancial de la pérdida de interés de los medios como producto en los últimos años deriva de que se han convertido en empresas ‘normales’ gestionadas igual que las demás. Eso ha convertido a los medios en grupos de presión, a los periodistas en acríticos braceros, y a los directivos en comisarios políticos. Y ha apartado a millones de lectores, televidentes y oyentes de los productos de la prensa.

Desconozco las particularidades del caso de Jorge Ibeas, y los detalles jurídicos de la legislación aplicable. Es posible que desde el punto de vista puramente laboral un empresario tenga derecho a expulsar por la tremenda a un trabajador que le critica en público; ignoro si Jorge Ibeas tiene alguna posibilidad de demandar a su antiguo jefe con éxito. Pero sí que sé algo: en un medio informativo no se puede tratar a los periodistas de la misma forma que se trata a un obrero industrial. Y no es porque su dignidad humana o profesional sea mayor, sino simplemente por sentido práctico: sólo hay una manera de que un producto periodístico tenga buena calidad, y es que los periodistas que lo hacen tengan espíritu crítico. Cuanto mayor el escepticismo de los periodistas, cuanto más crítica lleven puesta ente las orejas y menos se crean la propaganda y el masajeo de datos con que empresas, organizaciones e instituciones bombardean a los medios, mejor será el producto. La gente de la prensa tiene que ser agresiva, descreída, desconfiada y recelosa para que lo que escriben, presentan o locutan tenga algún interés. De lo contrario el periodismo que producen es banal, plano, una mera traslación de comunicados de prensa y relaciones públicas; en suma, algo carente de interés. El problema se hace más acuciante cuanto mayor es la inundación de información que nos aflige a todos; el público cada vez tolera menos la propaganda, la visión sesgada, la pereza intelectual. Cada vez son más necesarios productos más críticos, y para poder hacer estos productos hacen falta periodistas más descreídos. Hacen falta más Jorges Ibeas para salvar a la prensa.

Pero es cierto que en el mundo de la empresa los Jorges Ibeas no son bien recibidos. Las empresas de la Era Industrial son estrictamente jerárquicas y conceden un valor desproporcionado a la obediencia y el amoldamiento a la cultura particular de la compañía. El conformismo personal se sobreentiende, valora y demanda; la crítica se rechaza y castiga. Históricamente esto ha supuesto que en los grandes periódicos y otras instituciones de la prensa industrial hubiese un delicado equilibrio entre el núcleo periodístico (la redacción) y el empresarial (todo lo demás): la redacción funcionaba como una burbuja donde los periodistas tenían sus propias reglas con su propia cultura, produciendo el mejor periodismo posible sin interferir con las jerarquías empresariales. Los mayores conflictos se producían en los estratos donde redacción y empresa se rozan, allá por los estratosféricos niveles de la dirección del medio. Los periodistas, molestas chinas en los delicados engranajes de la empresa, eran mantenidos fuera de la exigencia de obediencia acrítica a los gestores, no por la bondad de ningún corazón, sino por la muy práctica razón de evitar continuos enfrentamientos sin convertirlos en borregos inútiles para el periodismo de calidad.

Durante los últimos dos decenios los directivos del área empresarial han ido ganando en peso dentro de las estructuras, en detrimento de los periodistas, extendiendo su cultura de jerarquia y sumisión. Los grandes medios se han convertido en empresas de fabricación de noticias poco diferentes de las que fabrican zapatos; los periodistas críticos han terminado desapareciendo, y las culturas redaccionales se han domesticado y templado. Directivos como David Mejuto, de Canal Bizkaia, han preferido despedir a los Jorges Ibeas de la vida para evitarse sus críticas, favoreciendo a periodistas menos molestos. Y no se han dado cuenta de que al hacerlo estaban deteriorando su propio producto, porque un periodista no puede ser crítico fuera de casa y manso dentro de ella. Los directivos del área empresarial han luchado una guerra interna, y la han ganado: los medios son ahora menos diferentes del resto de las empresas, más jerárquicos, con mayor cultura interna y espíritu de equipo, con redacciones más leales. También son más planos, más aburridos, más dados al pensamiento de grupo y mucho más sectarios. Al expulsar de su seno a los Jorges Ibeas los medios se han hecho más rentables y pacíficos, pero también mucho menos interesantes y atractivos. Y eso tiene mucho que ver con la actual crisis de la prensa mundial, que se debe mucho menos a Internet que al descenso de lectores y por tanto influencia de los medios de siempre. Al final quienes toman estas decisiones demuestran ser pésimos gestores, puesto que su desconocimiento de las claves de la industria en la que trabajan les lleva a deteriorar sus factorías, sus productos, sus mercados y en última instancia sus empresas. Los accionistas que los respaldan o toleran deberían darse cuenta de lo que significa despedir a un Jorge Ibeas: una demostración de incompetencia de quien lo despide. Porque la prensa es una industria singular en la que la crítica debe ser atesorada, no castigada. Y porque hacerlo de otra forma es hacerlo mal.

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