Retomo un tema que ha tratado hace pocos días La Nueva Helade (puedes leerlo AQUÍ) y que varios blogueros/twitteros cántabros (y del resto del mundo en general, no nos engañemos) hemos hablado varias veces, y en donde existen dos tendencias bastante definidas. Me refiero a opinar desde el anonimato y su sentido en una red cada vez más abierta, más social, y más igual.
Tanto el autor de ese post como el que suscribe estamos en la teoría de que tanto en la vida como en internet hay que ir de frente y con la verdad por delante. El anonimato suele llevar aparejadas, normalmente, intenciones poco claras.
Hoy he leído las burradas que le han escrito a María Dolores de Cospedal en un diario digital los ‘comentaristas anónimos’ que ejercían su libertad de ‘opinión’ insultándola gravemente a ella, e incluso a su hijo. Aquí, sin ir más lejos, el alcalde de Santander y un concejal tuvieron su ración de insultos ‘anónimos’, aunque en este caso salió a la luz quien era el pájaro, lo que de paso dejó en evidencia a gente muy respetable emparentada con el susodicho.
Hay un debate que si no ha surgido ya, surgirá en las tertulias escoradas de este país (escoradas a ambos lados) y es meter en la ecuación lo sucedido con Salvador Sostres, que dice sus burradas en privado, aunque luego se hacen públicas. Vamos, una auténtico aquelarre de gritos, improperios, y rasgamiento de vestiduras, a izquierda y derecha, que no aclararán nada, pero nos garantizarán unos cuantos días más de bronca.
Volviendo al principio, ¿para qué el anonimato? No niego que en Cantabria ha tenido sus virtudes, y el Cántabro Perplejo, ha sido un buen ejemplo (más en su primera etapa que en la de ahora, que está un poco vaguete), pero desde mi punto de vista, los anónimos son bastante poco solidarios con los que también tenemos opiniones fundadas y argumentadas y las exponemos dando la cara.
Creo que hay que aprovechar las tecnologías existentes, e intentar que la gente opine libremente en los medios de comunicación, pero en el caso de los digitales, a poder ser, entrando con su perfil en las redes sociales (no me vale que no todo el mundo lo tiene, porque está al alcance de cualquiera) o en su defecto, dejando bien claro quién está al otro lado del teclado (elconfidencial.com te hace suscribirte dando tus datos, si no lo haces, no puedes comentar).
¿Es esto limitar alguna libertad? Yo creo que no, si cabe quizás la de insultar, porque quien sabe que sus datos son algo más que una ip (que solo podrá ser revelada tras el papeleo administrativo y judicial), quizás se piensan dos veces decir según qué cosas, y de paso aprenden a debatir y a argumentar su odio visceral por esta o aquella persona.
Ha tenido sus épocas, pero creo que el anonimato cada día tiene menos sentido en esta red social global en la que nos movemos.
Una última reflexión. Firmar una opinión no significa que esa opinión tenga patente de nada, que sea verdad, o que incluso sea presentable.
Ayer o antes de ayer, no recuerdo, leí que mi jefe había llamado borrachos y comilones a los miembros del gobierno durante una rueda de prensa a la que yo asistí. Es mentira, y el mentiroso está plenamente identificado.
Como podéis ver, también se pueden sacar los pies del tiesto sin necesidad de esconderte en el anonimato.









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